Un sitio para escribir, como en el resto de los cuadernos...
Esta es una de esas películas que ya son consideradas clásicas: La Princesa Mononoke, de Hayao Miyazaki (1997). Tanto que no tengo necesidad de contar nada, porque hasta en Wikipedia te dicen con lujo de detalles todo lo que ocurre en las dos horas y cuarto que dura este maravilloso film. Es curioso, pero ni siquiera se puede considerar spoiler, a pesar de que no se ahorran ni el desenlace. El hecho es que uno puede ver La princesa Mononoke una y otra vez y seguir fascinado por la belleza del dibujo, el ritmo de la historia, la variedad de personajes, y la música. Creo que esa última me enamoró.
¿Qué más puede decir una simple mortal como yo de esta joya del cine animado japonés? Solo me queda hablar de la impresión tan profunda que me dejó. La comencé a ver un poco tarde, y pensé que en algún momento me vencería el sueño y tendría que interrumpirla para ir a descansar, pero a medida que transcurría la historia, más despierta y conectada me sentía. Y hasta después de terminada la película me quedé pensativa por un buen rato, cuestionándome acerca de mi relación con el mundo que me rodea.
Algo en lo que La Princesa Mononoke supera con creces a otras historias es en el mensaje. No es solo una moraleja ecologista, no se trata de un simple llamado a cuidar el planeta y a ser responsables. Nacemos en este mundo con el potencial de hacer tanto el bien como el mal, de construir y destruir, de tomar todo tipo de decisiones. ¿Qué estamos haciendo con esa capacidad? Ashitaka emprendió un viaje sin retorno hacia el origen del sufrimiento del bosque y sus espíritus. ¿Estamos nosotros conscientes del origen de nuestras decisiones y de las consecuencias de cada una de ellas? ¿Estamos dispuestos a hacer ese viaje y a asumir esa responsabilidad?
Este film no defrauda en ningún momento a quienes buscan belleza, emoción, personajes interesantes, una buena historia y una reflexión acerca de la naturaleza del ser humano.
La princesa Mononoke en Wikipedia
A veces el apego hacia la persona amada nos roba el sentido de la propia existencia. Nos hace tomar decisiones, a veces equivocadas, para hacer feliz al otro, a costa de nuestros deseos. Y en el caso de Trudi, el amor por su esposo le costó la vida.
Trudi se entera de que su esposo Rudi está próximo a morir, y los médicos dejan sobre sus hombros la responsabilidad de darle la mala noticia. Ella decide callar y llevarlo a Berlín para visitar a sus hijos y nietos por última vez, aunque en su corazón guardaba el deseo de ir con él a Japón. En la capital alemana se encuentran con que su familia está metida en su propio mundo, y los tratan casi como a extraños. Trudi sufre en silencio. Ella había renunciado a sus sueños por amor a Rudi y a sus hijos. Desde joven anhelaba visitar Japón, conocer el monte Fuji y aprender la danza Butoh. Y todo eso lo abandonó para tener la familia perfecta. Al ver que estaba perdiendo todo lo que amaba, Trudi se deja vencer por la tristeza y muere repentinamente.
En ese momento, Rudi comienza a comprender la magnitud de los sacrificios de su esposa. Ella era sobreprotectora y lo controlaba todo. Y ahora que no estaba, las cosas ya no funcionaban igual. Rudi decide entonces viajar a Japón, en un intento por compensar lo que no hizo por Trudi. Su duelo por ella lo lleva a intentar vivir aquellos sueños frustrados de su esposa, a tratar de demostrarle su amor más allá de la muerte. Pese a que Trudi fallece al inicio del film, su presencia permanece junto a Rudi hasta la última escena.
Cerezos en Flor, de Doris Dörrie (2008), es una película triste desde el primer minuto, pero a la vez impresionantemente bella. Toca varios temas sensibles: la brevedad de la vida, los sueños no cumplidos, los sacrificios del amor, la rutina, los conflictos familiares y, en especial, el luto por la pérdida del ser amado. Normalmente no veo películas dramáticas, pero esta tiene un encanto muy particular. Ambientada en Alemania y Japón, en toda la historia se muestra la fascinación de la directora por la cultura y el cine japonés. Es un film hermoso y agridulce. Me hizo llorar, pero lo vería de nuevo y lloraría otra vez.
Que las vacaciones coincidan con la época lluviosa implica mucho tiempo de encierro y de ocio para leer y ver películas. Espero poder escribir pronto acerca de lo que estoy leyendo, pero por el momento hablaré de las películas. Y hoy le dedicaré esta publicación a Baby and me, comedia adolescente dirigida por Kim Jin Young en el año 2008.
Joon Su es un muchacho tan sinvergüenza que ni sus padres lo soportan, al extremo de que deciden “tomarse unas vacaciones” y dejar al muchacho solo, a ver si aprende a hacerse responsable de sí mismo. Al principio no parece preocuparle su situación, pero esta se va a complicar más pronto de lo que esperaba: alguien abandona a un bebé en su carrito de mercado, con una nota entre sus mantas donde afirma que Joon Su es su padre. La primera reacción del chico es tratar de deshacerse del pequeño y tierno Han Woo Ram, pero con la ayuda de una compañera de clases recién llegada, aprende a cuidar al bebé y poco a poco se va encariñando…
Si bien no es la mejor película que he visto últimamente, pasé un rato muy divertido. Tuvo sus momentos conmovedores y las actuaciones en general fueron bastante buenas. Tal vez la debilidad de la película fue tratar de ser demasiado aleccionadora para ser una comedia, pero no lo suficiente para ser un drama. Pero al final una (o sea, nosotras las chicas) cae rendida por la ternura del bebé Mason Mun (Han Woo-Ram), o por el guapísimo actor Jang Keun-Suk (Joon Su), o hasta por la inocente simpatía de la actriz Song Ha-Yoon (Kim Byeol). Particularmente me sentí identificada con el personaje de la chica, la cual había abandonado la escuela al sentirse rechazada por ser diferente, pero decide regresar y construye una singular amistad con este joven rebelde.
Creo que tendré que verla un par de veces más, una para tomar nota de todas las moralejas acerca de ser padres responsables a temprana edad, sobre como la sociedad y el sistema escolar deberían colaborar con chicos en situaciones así, sobre las relaciones familiares y la comunicación… y otra solo para volver a reírme de las situaciones hilarantes de esta comedia.