Esta es una de esas películas que ya son consideradas clásicas: La Princesa Mononoke, de Hayao Miyazaki (1997). Tanto que no tengo necesidad de contar nada, porque hasta en Wikipedia te dicen con lujo de detalles todo lo que ocurre en las dos horas y cuarto que dura este maravilloso film. Es curioso, pero ni siquiera se puede considerar spoiler, a pesar de que no se ahorran ni el desenlace. El hecho es que uno puede ver La princesa Mononoke una y otra vez y seguir fascinado por la belleza del dibujo, el ritmo de la historia, la variedad de personajes, y la música. Creo que esa última me enamoró.
¿Qué más puede decir una simple mortal como yo de esta joya del cine animado japonés? Solo me queda hablar de la impresión tan profunda que me dejó. La comencé a ver un poco tarde, y pensé que en algún momento me vencería el sueño y tendría que interrumpirla para ir a descansar, pero a medida que transcurría la historia, más despierta y conectada me sentía. Y hasta después de terminada la película me quedé pensativa por un buen rato, cuestionándome acerca de mi relación con el mundo que me rodea.
Algo en lo que La Princesa Mononoke supera con creces a otras historias es en el mensaje. No es solo una moraleja ecologista, no se trata de un simple llamado a cuidar el planeta y a ser responsables. Nacemos en este mundo con el potencial de hacer tanto el bien como el mal, de construir y destruir, de tomar todo tipo de decisiones. ¿Qué estamos haciendo con esa capacidad? Ashitaka emprendió un viaje sin retorno hacia el origen del sufrimiento del bosque y sus espíritus. ¿Estamos nosotros conscientes del origen de nuestras decisiones y de las consecuencias de cada una de ellas? ¿Estamos dispuestos a hacer ese viaje y a asumir esa responsabilidad?
Este film no defrauda en ningún momento a quienes buscan belleza, emoción, personajes interesantes, una buena historia y una reflexión acerca de la naturaleza del ser humano.
La princesa Mononoke en Wikipedia


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