Me dijeron que era una excelente película y fue verdad, es
una de las mejores películas que recuerdo haber visto en mucho tiempo. También
me advirtieron que me iba a deprimir por una semana, y no sé si subestimé la advertencia,
o esta se quedó corta. El hecho es que Hierro 3, de Kim Ki-Duk, me puso mal. Me ahorro acá la reseña,
porque lo que encontré en wikipedia me pareció muy apropiado y bien escrito,
así que me limitaré a añadir el enlace al final.
La película
fue hermosa, asombrosa. No me esperaba una historia de amor tan bella, narrada
con tanta simplicidad. Pero si Dolls me
quebrantó, Hierro 3 me hizo pedazos. Me revolvió todo por dentro, recuerdos, penas, culpas, inseguridades, dudas, vacíos, todo.
Fue una
historia de amor etérea y mágica. Sin apegos, deseos frustrados, lujuria ni
obsesiones. Simplemente amor, de la clase de amor que solo quiere dar
generosamente, y mientras más da, más llenas tiene las manos. No esa necesidad,
ese miedo a estar solos, sino el desprendimiento total. Nada de promesas inciertas,
ni ilusiones vanas, sino confianza, paciencia, esperanza. Amor verdadero, del
que sonríe en medio de toda adversidad, que no teme a privaciones ni
sufrimientos. Amor que echa fuera el miedo, porque el miedo proviene del deseo
y el apego. Amor que no pone pesadas cargas en el corazón del otro, que más
bien desea aligerar y alegrar al ser amado. Amor cuya única recompensa es saber
que ama, y con eso se deleita.
Tan cercano
al amor de Dios… como dice la Escritura: “El amor es paciente, es
bondadoso. El amor no es envidioso ni jactancioso ni orgulloso. No se comporta
con rudeza, no es egoísta, no se enoja fácilmente, no guarda rencor. El amor no
se deleita en la maldad sino que se regocija con la verdad. Todo lo disculpa,
todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta.” Y en otra parte dice: “En el
amor no hay temor, sino que el amor perfecto echa fuera el temor. El que teme
espera el castigo, así que no ha sido perfeccionado en el amor.”
Y eso fue lo que me causó depresión, porque un amor tan
perfecto y sobrenatural puede llegar a ser como un espejo de aumento, donde ves las
arrugas y las manchas de tu propia alma. Me di cuenta de lo lejos que estoy de
poder amar así, de tener una vida tan libre y tan ligera. Me sentí abrumada por
el peso de mi propia mezquindad, mis miedos y carencias. Se me hizo dolorosamente evidente mi sed de
aceptación y amor incondicional.
Un detalle me devolvió a la realidad y me trajo esperanza: el
protagonista, un singular indigente llamado Tae Suk, solía jugar golf con una
pelotita atada a un alambre. En una escena, el alambre se rompe y la pelota
hiere a una mujer. Tae Suk, tan cuidadoso en todo, tan acostumbrado a no dañar
a gente inocente, a pasar desapercibido, de pronto se siente culpable y huye del lugar
llorando, sin saber qué hacer. Esa revelación de que ni el ser más noble está
exento de cometer errores y lastimar a terceros, le dio a este personaje un
matiz de humanidad y de vulnerabilidad con el que finalmente logré conectarme.
Creo que ya estoy regresando poco a poco a la normalidad, después de ese
viaje de emociones intensas. Sigo agotada por la experiencia, aún me siento
frágil, con la sensibilidad muy a flor de piel. Pero contenta de conocerme un
poquito más a mí misma a través de otro relato maravilloso y muy bien contado.