24/6/13

F E L I C I D A D

Nota mental: no confundir diversión con felicidad.

En nuestra cultura hay un enorme vacío que muchos quieren llenar a toda costa con entretenimientos de cualquier clase. Ok, frase muy larga. Lo que quiero decir es lo siguiente:
Morimos de hambre espiritual
Nos llenamos de comida chatarra espiritual
¡Y luego nos quejamos de porqué no somos felices!

Vamos al cine, vemos televisión hasta altas horas, siempre usamos audífonos porque no podemos estar sin música. Siempre estamos haciendo planes de vacaciones, paseos, fines de semana, y para eso necesitamos dinero, y por eso tenemos que trabajar más, y el tiempo no nos alcanza... Así se nos va la vida, de cansancio en cansancio.

Pero al que no se una a esa frenética carrera lo catalogan de rebelde, extraño, perezoso, conformista (o inconforme). ¿Quién está en lo correcto?
Mientras más lo pienso, más veo mi necesidad de detenerme y dejar de hacer cosas. No quiero entretenerme, sino disfrutar. Quiero estar sin hacer nada, sin gastar dinero en actividades recreativas, sin preocuparme por planificar mis horas de ocio. Eso es, para mí, la felicidad.
Me gusta la música, pero quiero silencio. Me gusta el cine, pero a veces prefiero mirar las nubes, o simplemente cerrar los ojos. Me gusta viajar, salir a pasear, pero disfruto quedarme en la casa, todo el día en pijamas. Me gusta salir con amigos, pero cuando estoy sola, puedo conocerme un poco mejor.

No quiero divertirme, sino ser feliz, nada más.


Man of Steel



Esta semana fui al cine una tarde lluviosa, de manera no planificada. Me encontré con algunas opciones en cartelera y escogí El Hombre de Acero, sin pensarlo demasiado. La historia de Superman ha sido contada un millón de veces en los últimos 75 años. Una película basada en este personaje debía tener algo muy bueno y original para poder captar la atención, y creo que lo lograron. La verdad es que no llevaba grandes expectativas, pero la cinta me pareció mucho mejor de lo que esperaba.
Lo que encontré en El Hombre de Acero fue belleza. Los personajes, la historia, los escenarios, todos los detalles fueron tratados con sentido estético, profundidad, tal vez exagerado sentido épico, pero considerando la naturaleza del personaje, creo que fue intencionalmente así. Disfruté mucho tanto las escenas “grandiosas”, de combates y tensión, como las más íntimas y serenas. Incluso lloré en más de una ocasión, tal fue mi conexión con la historia.
Los temas centrales de la película, según mi percepción, son la aceptación de las diferencias propias y ajenas, el altruismo, y la fe. El pequeño Clark Kent, víctima de bullying en la escuela, aprende a amar y proteger a esta humanidad conflictiva y agresiva que lo adoptó, y que ahora es su única familia. Crece bajo la (sobre)protección de un hombre bueno, que le da todo lo que necesita, excepto una respuesta sobre su identidad. Esa respuesta la encuentra, ya como adulto, en un viaje alrededor del mundo...

Hay muchos elementos religiosos, referencias directas o simbólicas al cristianismo. Superman es presentado como un modelo de Cristo, con características bien definidas. En una escena, alguien le dice que vino a este mundo a experimentar primero lo que se siente ser humano, para luego poder cumplir con su propósito. ¿Así o más obvio?
Es mucho lo que pudiese añadir sobre este film, pero aún es muy pronto para hacer spoiler (por otra parte, ya wikipedia se encargó de decir demasiado). Prefiero que cada quien vea y saque sus conclusiones. Para mí fueron dos horas y media de terapia solar. No fue casualidad, un día lluvioso, ver una película sobre el legendario superhéroe alienígena que recibe su poder de nuestro sol. En estos días lluviosos me siento particularmente decaída, me falta energía. Y en la historia del hombre de acero hallé todo un banquete de luz.

19/6/13

Desahogo

Tengo una tristeza densa y turbia, a mitad de camino entre el luto y la rabia. Me pregunto una y mil veces el porqué y cada respuesta que recibo me deja más insatisfecha que la anterior.
¡Cómo quisiera volver el tiempo atrás y fijarme más en los detalles! No sé si tendría la sensatez de cambiar ciertas cosas, pero al menos sabría dónde fue que tropecé. No quiero eludir mi responsabilidad, Dios sabe que lo único que quiero es hacer las cosas bien. Pero me siento tan vulnerable y herida que quisiera poder señalar para cualquier otro lado. Quisiera poder decir: "ahí está el problema", y acto seguido, salir huyendo en sentido contrario, tan rápido y tan lejos como pueda.

Mi pena es tan grande que me duele en todos los huesos, en el pecho, en la respiración. Mi estómago no tolera bocado y mi almohada riñe con mi cabeza. Pena, en todos sus sentidos, porque es pesar, dolor y vergüenza, todo junto. Necesito gritar, llorar a gritos, hasta que mis ojos se cansen y mi garganta no pueda más. Y escribir mucho, aunque con torpeza, no me importa, sacar esta amargura desde su raíz.

Apenas es miércoles, pero espero con ansias este largo fin de semana, y el otro, y el que le sigue. Aunque en el fondo, solo quisiera poder dormir por dos meses, y despertar en otro lugar, con la mente en blanco. Es tanto mi dolor, que debo parar de escribir, porque ya las làgrimas no me dejan ver nada.


15/6/13

Al ras del suelo

Los días de lluvia limitan un poco uno de mis más grandes placeres: caminar descalza sobre la grama. Al llegar al parque, saludo al portero, me siento en el banco que está en la entrada y me quito zapatos y medias. Los llevo en la mano y cruzo ese primer tramo asfaltado, áspero y rudo, para luego hundir mis pies en la mullida hierba.
En la parte donde cae la sombra de los árboles, la hierba crece breve y ligera, se siente fresca bajo los pies y se perciben algunos terrones, sobre todo cerca de las raíces de los árboles. El terreno tiene pequeñas irregularidades, donde a veces se oculta un pequeño charco formado por la lluvia o por el aspersor.
En las partes más soleadas, la grama es más densa y robusta. Según la hora del día, se pone tibia y se siente muy bien en la planta de mis pies, tanto que invita al resto de mi cuerpo a recostarse y descansar. Y yo hago caso en seguida a ese impulso de los sentidos.
Me acuesto en la hierba cálida, bajo el sol de la tarde, dejando que todos mis músculos se relajen. Es hora de la siesta, del descanso necesario. Luego de un rato, me levanto agradecida por ese magnífico regalo de la naturaleza.


14/6/13

Sin excusas


Una buena historia, aunque sea sencilla, puede acercarnos a grandes verdades.

Esta semana vi dos películas completamente distintas, pero que me llevaron a una misma moraleja. La primera fue un film de animación llamado Valiente, la historia de una princesa vikinga, cuya meta en la vida era no parecerse a su mamá. La otra fue una película canadiense llamada Pies de Acero, acerca de un joven neonazi encarcelado por la muerte de un inmigrante paquistaní.
Resulta increíble que dos películas con argumentos tan disímiles puedan tener algo en común. El personaje principal de Valiente es Mérida, una chica alegre y testaruda, que trata de librarse de un matrimonio por tradición con la ayuda de una alocada bruja. El protagonista de Pies de Acero también es testarudo, pero nada agradable. En una borrachera atacó a patadas al empleado de un restaurante. Después de dos semanas de agonía, el hombre murió a causa de sus graves heridas, y ahora el joven skinhead debe comparecer ante la justicia con la ayuda de un abogado judío liberal.
¿Cuál fue el punto de semejanza entre estas dos historias? 
En ambas películas, los personajes toman decisiones erradas. Como resultado, tienen que pasar por conflictos y hacer grandes descubrimientos acerca de sí mismos. Encuentran que la madurez significa tomar plena responsabilidad por sus acciones, y asumir las consecuencias sin excusas y sin buscar culpables.
Me quedo pensando en cómo aplica eso a mi vida. No hace falta ser una princesa vikinga o un fascista asesino para sentirse identificados, todos necesitamos dar ese paso hacia la adultez. Todos, sin excepción, debemos hacernos responsables por nuestras decisiones y acciones. Ahí es donde está la verdadera libertad. 
No vivo llevada y traída por impulsos, reaccionando a estímulos. Decido qué ideas poner en mi mente, qué sentimientos alimentar o matar de hambre, qué decisiones tomar, de qué abstenerme. No puedo tener el control de mis circunstancias, pero puedo decidir que esas circunstancias no me controlen a mí.


Brave en wikipedia 




Steel Toes trailer 

13/6/13

"¿Cómo estás?" "¡Mal! ¿Y tú?"

Amistad. Todo el mundo habla de ella pero nadie parece conocerla de primera mano. No parece que alguien entendiera de qué se trata. Somos superficiales, nos saludamos con las mismas frases, hola que tal, como te va, muy bien, todo bien. Pero nadie dice la verdad sobre su vida.
Recuerdo cuando te saludaba: “Hola, ¿cómo estás?”. Tú seguías de largo, mirando para otro lado. Yo te buscaba, te repetía mi saludo y mi pregunta, y tú me respondías. No con otro saludo: “Bien, ¿y tú?”, como el resto de nosotros. Sino con la verdad. Y te entiendo, tenías razón. ¿Por qué la gente pregunta cómo estás, si no les interesa saberlo? No hacía falta que te quejaras tanto, pero te lo agradezco.
Amistad. Sinceridad. Confianza. La gente idolatra esas palabras, pero no vive esos conceptos. Son como elementos decorativos para colocar en tarjetas y que se vean bonitos. Algunos dicen que la confianza apesta, pero lo que apesta es la idolatría de la falsa confianza. La otra, la desconocida confianza real y profunda, pocos saben a qué huele.
Te quejabas de todo y de todos, y yo te escuchaba sin cuestionar, sin tratar de disuadirte o corregirte. Pero es porque tu sinceridad no era nada común. La gente es superficial, nadie dice lo que piensa ni lo que siente, y cuando lo hace, es de mala manera. No es que tú fueras tan amable, de hecho, siempre fuiste odioso, antipático y difícil de tratar. Pero eras sincero, y con eso me bastaba.

Tu amistad no era normal. Me enseñó a no confiar en las tarjetas bonitas y superficiales, en los mensajes cursis, en los saludos small talk y en la gente que no se queja nunca. 

¡Gracias!



Subliminal

 
Yo quisiera que alguien me explicara en qué estaban pensando cuando colocaron esta alarma contra incendios. Por más que uno trate de mantener la compostura y pensar lo mejor, es imposible tener una percepción sana y sin matices de esta imagen.
En caso de incendio, ¿qué debo hacer? Se me ocurren mil cosas pero ninguna está libre de segundas lecturas.
Pienso en el bombero y su manguera... ¡No, qué terrible!
Pienso en darle una patada al personal del centro comercial... ¡Muy rudo!
Pienso en como sonaría la alarma, algo así como: "¡¡¡Aaaaaauuuaaaa!!!" Divertido pero políticamente incorrecto.
Y sigo pensando... Es que es tan difícil pasar por ahí sin que esa alarma de incendio me perturbe la visión. ¡Qué clase de sentido del humor torcido! ¡Qué ganas de causar polémicas! Señoras y señoritas, tápense los ojos y sujétense firmemente del pasamanos, que en este centro comercial no hay respeto por la decencia. Una quiere portarse bien, pero no te dejan.

9/6/13

El viaje



Nunca quisiera tener mi propio automóvil. Ya sé que suena tonto, que tener vehículo es una gran ventaja y por más que sea, en Venezuela la gasolina es más barata que el agua embotellada. No lo sé, no me atrae.
Tampoco me inquieta el tema de los robos de vehículos, ni el precio de los repuestos, ni lo difícil que es hallar un mecánico confiable. No me preocupa el tema de dónde voy a estacionarme, ni el de los accidentes, ni los conflictos con los motorizados, que no ceden paso y si pueden te vuelan los espejos. No, no es nada de eso.
Es algo, si se quiere, más ingenuo, más emocional. Es el hábito de ir viajando por las calles y autopistas, mientras mi mente viaja a otras esferas y se aleja, va y viene, entre paradas y semáforos. Es la costumbre de ver por la ventanilla, como si el mismo paisaje que veo cada día no dejara de ser nuevo y atrayente. Casi me sé de memoria cada trecho, pero mis ojos buscan en las copas de los árboles y en los balcones de las casas, como si una gran noticia estuviese a punto de ocurrir y no quisiese pasar desapercibida.
Por otra parte, veo en los rostros de los conductores una dureza, un cansancio que no quiero para mí. Yo que sin razón me fatigo tan fácilmente, temo colapsar si un día me hago una conductora más. ¿Valdrá la pena tener automóvil, si me toca manejar en esta ciudad, tan ingrata con los transeúntes de a pie como con los que conducen sus máquinas? De verdad, no sé si esa es la clase de vida que deseo.
Prefiero seguir confiando en el fluir irregular del transporte público, aunque me cueste horas de espera y vueltas infinitas. Me acostumbré a ser nómada dentro de la metrópoli, cargando mi propia mochila y yendo de un lado a otro sin mirar atrás.
Y, bueno, también está el hecho de que no tengo con qué comprar un carro, porque quién sabe, si tuviera la plata, me sentiría muy tentada…

8/6/13

Vulnerable



Me dijeron que era una excelente película y fue verdad, es una de las mejores películas que recuerdo haber visto en mucho tiempo. También me advirtieron que me iba a deprimir por una semana, y no sé si subestimé la advertencia, o esta se quedó corta. El hecho es que Hierro 3, de Kim Ki-Duk, me puso mal. Me ahorro acá la reseña, porque lo que encontré en wikipedia me pareció muy apropiado y bien escrito, así que me limitaré a añadir el enlace al final.

La película fue hermosa, asombrosa. No me esperaba una historia de amor tan bella, narrada con tanta simplicidad.  Pero si Dolls me quebrantó, Hierro 3 me hizo pedazos. Me revolvió todo por dentro, recuerdos, penas, culpas, inseguridades, dudas, vacíos, todo.
Fue una historia de amor etérea y mágica. Sin apegos, deseos frustrados, lujuria ni obsesiones. Simplemente amor, de la clase de amor que solo quiere dar generosamente, y mientras más da, más llenas tiene las manos. No esa necesidad, ese miedo a estar solos, sino el desprendimiento total. Nada de promesas inciertas, ni ilusiones vanas, sino confianza, paciencia, esperanza. Amor verdadero, del que sonríe en medio de toda adversidad, que no teme a privaciones ni sufrimientos. Amor que echa fuera el miedo, porque el miedo proviene del deseo y el apego. Amor que no pone pesadas cargas en el corazón del otro, que más bien desea aligerar y alegrar al ser amado. Amor cuya única recompensa es saber que ama, y con eso se deleita.
Tan cercano al amor de Dios… como dice la Escritura: “El amor es paciente, es bondadoso. El amor no es envidioso ni jactancioso ni orgulloso. No se comporta con rudeza, no es egoísta, no se enoja fácilmente, no guarda rencor. El amor no se deleita en la maldad sino que se regocija con la verdad. Todo lo disculpa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta.” Y en otra parte dice: “En el amor no hay temor, sino que el amor perfecto echa fuera el temor. El que teme espera el castigo, así que no ha sido perfeccionado en el amor.”

Y eso fue lo que me causó depresión, porque un amor tan perfecto y sobrenatural puede llegar a ser como un espejo de aumento, donde ves las arrugas y las manchas de tu propia alma. Me di cuenta de lo lejos que estoy de poder amar así, de tener una vida tan libre y tan ligera. Me sentí abrumada por el peso de mi propia mezquindad, mis miedos y carencias. Se me hizo dolorosamente evidente mi sed de aceptación y amor incondicional.
Un detalle me devolvió a la realidad y me trajo esperanza: el protagonista, un singular indigente llamado Tae Suk, solía jugar golf con una pelotita atada a un alambre. En una escena, el alambre se rompe y la pelota hiere a una mujer. Tae Suk, tan cuidadoso en todo, tan acostumbrado a no dañar a gente inocente, a pasar desapercibido, de pronto se siente culpable y huye del lugar llorando, sin saber qué hacer. Esa revelación de que ni el ser más noble está exento de cometer errores y lastimar a terceros, le dio a este personaje un matiz de humanidad y de vulnerabilidad con el que finalmente logré conectarme.

Creo que ya estoy regresando poco a poco a la normalidad, después de ese viaje de emociones intensas. Sigo agotada por la experiencia, aún me siento frágil, con la sensibilidad muy a flor de piel. Pero contenta de conocerme un poquito más a mí misma a través de otro relato maravilloso y muy bien contado.

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