15/6/13

Al ras del suelo

Los días de lluvia limitan un poco uno de mis más grandes placeres: caminar descalza sobre la grama. Al llegar al parque, saludo al portero, me siento en el banco que está en la entrada y me quito zapatos y medias. Los llevo en la mano y cruzo ese primer tramo asfaltado, áspero y rudo, para luego hundir mis pies en la mullida hierba.
En la parte donde cae la sombra de los árboles, la hierba crece breve y ligera, se siente fresca bajo los pies y se perciben algunos terrones, sobre todo cerca de las raíces de los árboles. El terreno tiene pequeñas irregularidades, donde a veces se oculta un pequeño charco formado por la lluvia o por el aspersor.
En las partes más soleadas, la grama es más densa y robusta. Según la hora del día, se pone tibia y se siente muy bien en la planta de mis pies, tanto que invita al resto de mi cuerpo a recostarse y descansar. Y yo hago caso en seguida a ese impulso de los sentidos.
Me acuesto en la hierba cálida, bajo el sol de la tarde, dejando que todos mis músculos se relajen. Es hora de la siesta, del descanso necesario. Luego de un rato, me levanto agradecida por ese magnífico regalo de la naturaleza.


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