A veces el apego hacia la persona amada nos roba el sentido de la propia existencia. Nos hace tomar decisiones, a veces equivocadas, para hacer feliz al otro, a costa de nuestros deseos. Y en el caso de Trudi, el amor por su esposo le costó la vida.
Trudi se entera de que su esposo Rudi está próximo a morir, y los médicos dejan sobre sus hombros la responsabilidad de darle la mala noticia. Ella decide callar y llevarlo a Berlín para visitar a sus hijos y nietos por última vez, aunque en su corazón guardaba el deseo de ir con él a Japón. En la capital alemana se encuentran con que su familia está metida en su propio mundo, y los tratan casi como a extraños. Trudi sufre en silencio. Ella había renunciado a sus sueños por amor a Rudi y a sus hijos. Desde joven anhelaba visitar Japón, conocer el monte Fuji y aprender la danza Butoh. Y todo eso lo abandonó para tener la familia perfecta. Al ver que estaba perdiendo todo lo que amaba, Trudi se deja vencer por la tristeza y muere repentinamente.
En ese momento, Rudi comienza a comprender la magnitud de los sacrificios de su esposa. Ella era sobreprotectora y lo controlaba todo. Y ahora que no estaba, las cosas ya no funcionaban igual. Rudi decide entonces viajar a Japón, en un intento por compensar lo que no hizo por Trudi. Su duelo por ella lo lleva a intentar vivir aquellos sueños frustrados de su esposa, a tratar de demostrarle su amor más allá de la muerte. Pese a que Trudi fallece al inicio del film, su presencia permanece junto a Rudi hasta la última escena.
Cerezos en Flor, de Doris Dörrie (2008), es una película triste desde el primer minuto, pero a la vez impresionantemente bella. Toca varios temas sensibles: la brevedad de la vida, los sueños no cumplidos, los sacrificios del amor, la rutina, los conflictos familiares y, en especial, el luto por la pérdida del ser amado. Normalmente no veo películas dramáticas, pero esta tiene un encanto muy particular. Ambientada en Alemania y Japón, en toda la historia se muestra la fascinación de la directora por la cultura y el cine japonés. Es un film hermoso y agridulce. Me hizo llorar, pero lo vería de nuevo y lloraría otra vez.


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