9/6/13

El viaje



Nunca quisiera tener mi propio automóvil. Ya sé que suena tonto, que tener vehículo es una gran ventaja y por más que sea, en Venezuela la gasolina es más barata que el agua embotellada. No lo sé, no me atrae.
Tampoco me inquieta el tema de los robos de vehículos, ni el precio de los repuestos, ni lo difícil que es hallar un mecánico confiable. No me preocupa el tema de dónde voy a estacionarme, ni el de los accidentes, ni los conflictos con los motorizados, que no ceden paso y si pueden te vuelan los espejos. No, no es nada de eso.
Es algo, si se quiere, más ingenuo, más emocional. Es el hábito de ir viajando por las calles y autopistas, mientras mi mente viaja a otras esferas y se aleja, va y viene, entre paradas y semáforos. Es la costumbre de ver por la ventanilla, como si el mismo paisaje que veo cada día no dejara de ser nuevo y atrayente. Casi me sé de memoria cada trecho, pero mis ojos buscan en las copas de los árboles y en los balcones de las casas, como si una gran noticia estuviese a punto de ocurrir y no quisiese pasar desapercibida.
Por otra parte, veo en los rostros de los conductores una dureza, un cansancio que no quiero para mí. Yo que sin razón me fatigo tan fácilmente, temo colapsar si un día me hago una conductora más. ¿Valdrá la pena tener automóvil, si me toca manejar en esta ciudad, tan ingrata con los transeúntes de a pie como con los que conducen sus máquinas? De verdad, no sé si esa es la clase de vida que deseo.
Prefiero seguir confiando en el fluir irregular del transporte público, aunque me cueste horas de espera y vueltas infinitas. Me acostumbré a ser nómada dentro de la metrópoli, cargando mi propia mochila y yendo de un lado a otro sin mirar atrás.
Y, bueno, también está el hecho de que no tengo con qué comprar un carro, porque quién sabe, si tuviera la plata, me sentiría muy tentada…

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